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Artículo / Por Guillermo Fernández

Animal difícil o el costo de la sinceridad

Animal difícil o el costo de la sinceridad Un texto de Guillermo Fernández en relación al poemario “Difficult Animal” de Víctor Hugo Fernández

 

Tengo la idea de que Víctor Hugo Fernández ha estado escribiendo un solo libro de poesía a lo largo de su existencia. Se trata de una poesía que vacila entre la dignificación del eros, la imposibilidad de la comunicación con los demás y la infinita consciencia de la muerte. Sus poemas son diálogos donde se apura el vaso del placer sin que este se colme. Hay fe en el erotismo como consuelo animal. Se acomete la carne con cierto hedonismo, pero también se tiene demasiado presente que quien la toma como alivio es vulnerable, su fe en ella se desvanece en el tanto lo animal es sustituido por la interrogación, la duda que mortifica.

No estoy muy convencido de la autenticidad de los trances amorosos del poeta, quien deviene por los entuertos de las caricias y roces amatorios a veces con pena anticipada, hastío, deseo de un contacto genuino que no es posible. El memento mori romano (“recuerda que vas a morir” que los soldados debían declarar a sus generales antes de la batalla) está muy presente en esta poesía. Las batallas amatorias de Fernández se resuelven por esta sentencia de una manera visceral.

Se trata, desde del primer poema, de “inmolar el instante” porque todo será parte de la “perpetuidad sangrante de los recuerdos”. A nuestro parecer, el poeta ronda la carne con la sed de quien sucumbe al placer como un paliativo, incluso como una droga. Las amantes pueden ser prepagos, cantan reguetón, son incultas y vanas. Pero aun así, el poeta experimenta con ellas una simulación de felicidad, de efímero enamoramiento e inevitable riesgo. El poeta nos recuerda la obra de G. Bernad Shaw, Pigmalión (1913), no por el deseo de transformar a ninguna amante a su imagen y semejanza, y por haberlo logrado, sino por la realidad de que nadie se puede transformar en nuestra salvación. Pigmalión se enamora del retrato que pinta, sin embargo, no hay dioses que obren una metamorfosis, como la pudo haber soñado Ovidio. Y la fuerza del retrato sigue envenenando y precarizando la vida del creador.

Fernández pigmalioniza (disculpen el neologismo) a sus amadas, que curiosamente no tienen rostro ni presentan una promesa de amor romántico. Busca la poesía en la sordidez de los cuerpos que no tienen nombre, sabe que existen “besos sin ardor” y dice: “el orgasmo ha sido un pretexto / para asomarnos al paraíso”, pero de inmediato afirma: “convertidos en peregrinos del infierno”. Por lo tanto, la droga-sexo o droga-búsqueda de amor, se ralentiza en los contactos, lo que es paradisiaco o simplemente erótico en otros poetas, en Fernández es una sed que no se colma y que se parece más a un padecimiento del que se goza en alguna medida.

De manera más clara se reafirma lo que decimos líneas atrás en el poema “Matemáticas inciertas”, que nos parece uno de los más logrados. El poeta no enmascara su terror de vivir y declinar hacia la extinción en los contactos eróticos y replica:

Cuento los instantes

para convertirme en olvido,

los años,

los días,

las horas

que condujeron hasta el árbol

con los grabados inciertos,

las canciones que nunca cantamos…

Mientras cuenta los instantes para convertirse en olvido, como sucede con la paradoja de la tortuga y Aquiles, se vive la eternidad de cada segundo, entre la súplica al placer y la consciencia lancinante del fin.

Por otro lado, es un hecho que el poeta utiliza este poemario como un diario, una autobiografía o una confesión. Puede resultar ácido que ventile tanta sinceridad en pocas líneas. Por ejemplo, no adorna ciertas verdades y dice:

Él tiene setenta

y ella apenas veinticinco.

Ha casi triplicado su tiempo

más amaneceres

más muertos a su lado

 Cuando están juntos se dicen poco

lo de ellos no es palabras, ni confesiones.

Sin embargo, nos parece que nadie ha sido tan sincero en la poesía nacional como para desnudarse verbalmente en un libro. Por lo general, en poesía se libera la melancolía y la exaltación. No importa que sean oníricas. Pero estas declaraciones pueden ser, a nuestro criterio, las primeras que se ofertan en las letras de este país y en un clima de corrección que podría horrorizar.

Desde este punto de vista, el exceso de sinceridad en este poemario es más contiguo a la poesía griega antigua o romana y por supuesto a la moderna norteamericana, donde no es un problema despojarse del pudor burgués. Antes que nada, no vemos a Fernández como un escritor burgués que miente en sus versos. Las realidades que evoca son crudas. El amor es un perfume inalcanzable y el poeta, adulto mayor como dicen con eufemismo, no se resigna.

Me interesa, entonces, detenerme en este tema de la no resignación. Me parece que ahí está la clave de un poemario que algunos encontrarán fuerte, como trago de lija, como le llaman algunos campesinos al alcohol destilado en la clandestinidad, un trago que golpea sin dilaciones. Fernández es un poeta que libra una batalla campal contra la muerte. Se sabe muy consciente de que se vive una fase de la vida donde se realizan inventarios urgentes y los saldos pueden ser negativos. El animal, que es también el ser humano, intuye las fauces de la sombra, aproximándose hacia nosotros, como el ladrón hacia un desprevenido botín. No se mira la vida como en la mocedad, desde el culmen de las alternativas. Se han conocido los reales sabores de la fortuna. Incluso copiar lo que emocionaba puede ser ahora lo que permanezca, no la emoción que existía cuando no todo estaba vivido, sino su recuerdo. La copia de un recuerdo es, pues, un desesperado recurso de sobrevivencia.

El intento del poeta por recordar en los cuerpos las glorias de los encuentros pasados, con ese instinto del animal difícil, se nos presenta como desgarrador de alguna forma. Véase por ejemplo el poema, “Belleza en ruinas”, hermoso poema, donde a nuestro juicio se resume todo el poemario:

Le escribe poemas

a las mujeres del viejo álbum,

todas actrices cuyos papeles

en la pantalla alguna vez lo ilusionaron.

 Les escribe como si fueran suyas

como si aquellas películas

solo existieran en su memoria

y esas mujeres fueran los rostros

de las amantes que alguna vez

creyó tener junto a su almohada.

El poemario es inagotable en interpretaciones, el eje central es la actitud desafiante ante el deterioro que produce la edad y la no resignación como actitud de rebeldía ante los designios biológicos. Esta no resignación es solo una actitud poética. Lo confirman poetas como Anacreonte, Omar Kayyam, Kavafis, el genuino Catulo, entre otros muchos. En Fernández, solo cambian los escenarios histórico-geográficos, pero el clamor poético por la miseria que es para el ser humano el tiempo es el mismo:

Me lavo

la boca

me limpio el paladar

de blasfemia.

Me he quedado solo,

no encuentro

mejor manera

de vivir acompañado

que conmigo.

La peregrinación por esta conciencia conmovida ante la fugacidad y el aislamiento del habitante de hoy, sometido a la tecnología y la urbe solitaria, se resuelve en el poema que cierra el libro y que el autor titula con firmeza, “Un suicida”, versos donde se extrema su deseo de no dejar nada sin ser abarcado.

Se trata de un riesgoso final para una obra literaria en un mundo donde el positivismo es la pastilla que vaticinó Aldous Huxley, un positivismo que debe mostrarse incluso en las escaleras del vasto nihilismo y la incredulidad. En contra del positivismo que tanto enmascara, hoy día en literaturas con tintes edificantes y correctos, Fernández lanza ese desenfadado verso incendiario cuya sinceridad es su fuerza:

No creo en Dios

pero hablo con él

cada vez

que pienso en suicidarme.

Aunque viva una existencia anodina

sospecho si no serán obra suya

todas estas trivialidades que me ocurren…

 No creo en Dios

y aunque hable con él

cada vez que pienso en suicidarme,

el que me responde es el viento.

Aging Superman
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Guillermo Fernández

San José, Costa Rica. (1962) Se graduó en Filosofía de la Universidad de Costa Rica. Es máster en Docencia Universitaria. Ha sido ganador del premio Nacional de Literatura en Poesía (1997), Cuento (2013) y Novela (2020). Ha laborado como capacitador y editor en diversas instituciones privadas y del Estado.

Víctor Hugo Fernández Umaña

Nacido en Tibás, Costa Rica, agosto 7 de 1955. Graduado de Licenciatura en Lingüística y Literatura Española por la Universidad Nacional Autónoma de Heredia, Costa Rica y de Maestría en Literatura Comparada por la Universidad del Estado de Pennsylvania, Estados Unidos. Escribe poesía y narrativa. Posee experiencia como editor, antólogo y periodista cultural, donde ha fundado y dirigido diversas publicaciones periódicas, incluidas algunas de corte digital. Durante dos décadas se dedicó al estudio de la danza como lenguaje no verbal. Sus libros más recientes circularon en 2022: La vida que no estaba (poesía), WG editores, mayo 2022. Los jardines olvidados (narrativa), WG editores, setiembre 2022. Clarividencia/Second Sight (poesía), WG editores, julio 2023. Tiempo entre vivos (Narrativa), WG editores, agosto 2024. Actualmente reside en la provincia de Heredia, Costa Rica.

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